lunes, 30 de enero de 2017

El puente Keller




" EL PUENTE KELLER "
Cuento de René Boretto Ovalle


Ayer abrieron otra vez el puente del señor ingeniero Keller. Del otro lado estaba toda la gente de Independencia, esperando ese momento. Nosotros también buscábamos desesperados las caras de los familiares y conocidos, como si hubiesen pasado años de no habernos visto.
No era para menos. Había terminado el acuartelamiento. Se me antojó que las sombras de la peste se retiraban con los nubarrones grises que empujaba el viento frío del sur.
Primero esperaron al Jefe Político y al Doctor de la Policía y después los milicos de azul tiraron abajo la valla que había clausurado el puente durante dos meses.
Todo fue confusión. Del lado del saladero y del lado del poblado, cantidad de hombres y mujeres se atropellaron, abrazándose unos a otros. Algunos lloraban. Otros, quedaron solos, estáticos, mirando si acaso aparecían como mágicamente quienes la peste había dejado de por siempre en el camposanto improvisado del establecimiento. Acaso podían haber escuchado mal, o los rezos y las plegarias surtieran efecto e hicieran que la cruda realidad de los familiares desaparecidos se convirtiera en un mal sueño.
No fueron lindos los días que la peste nos hizo pasar.
Una mañana, entre la neblina espesa que no se quería levantar, a eso de las diez, los patios y corredores de la fábrica comenzaron a llenarse de murmullos. La noticia corrió de boca en boca.
- ¡Nos agarró la peste! Han caído como veinte ya...
En efecto, como si la niebla de junio hubiera estado infectada, en cada lugar del saladero, la gente comenzó a sentirse mal y algunos, sin tiempo de reaccionar, se caían redonditos al suelo, arrollados y tiritando, volando de fiebre y vomitando baba espesa que asustaba al más corajudo verlos.
El doctor no daba abasto con tantos llamados y tuvo que hacer vaciar el shop de la carpintería para acomodar en el suelo, sobre mantas, a los enfermos que aparecían minuto a minuto.
Ni siquiera dio tiempo como para que se los pudiese trasladar al hospital del saladero, a unas cuatro cuadras de la fábrica vieja.
Los hombres y mujeres caían fulminados como si un marronazo invisible los dejara sin resuello, tal cual las infelices vacas en el matadero.
Mucha gente reaccionó y trató de escaparse hacia el pueblo, pero al llegar al Puente Keller ya la policía lo había cerrado, aislando el barrio. Los policías de a caballo recorrían constantemente la costa del arroyo para evitar el trasiego humano y la contaminación.
Al día siguiente, el panorama fue desolador. Para algunos se revivieron los momentos de la fiebre amarilla de Montevideo.
Los caídos del día anterior, pasaron a mejor vida. Entre estertores de fiebre, delirios y quejidos que inundaron todos los ambientes.
El trabajo se paralizó. Cesó el ruido constante de las poleas acarreando las reses desolladas, desapareció el humo de las chimeneas y solamente el mugido de centenares de vacas llenaba el aire.
El gerente principal, los ingenieros alemanes y el médico del hospital, hicieron un comité de emergencia. Congregaron a los obreros en los patios y nos distribuyeron tareas.
Tantas cosas se ordenaban, tantas y tan desordenadas, que para desesperación de todos, daban la impresión de estar disparando escopetazos a un fantasma invisible que aleteaba sobre el cielo del saladero, como lo hacen los caranchos mirando hacia abajo para caer con vuelo de picada sobre un rat¢n.
Se aceleraron los procesos de matanza. Los novillos, en los mismos corrales, fueron degollados y amontonados, quemándolos en grandes piras que despedían un asqueroso olor a pelo chamuscado.
Los carpinteros y los toneleros, se encargaron de un trabajo de su oficio, pero muy ingrato, por cierto. Comenzaron a construir cajones de madera para poder enterrar a los difuntos que la fiebre llevaba.
A los tripulantes de las goletas surtas en el puerto, los obligaron a desembarcar y a las embarcaciones que se acercaban para operar, les avisaban a gritos que se mantuvieran alejados. Una bandera amarilla flameaba en lo alto de un mástil, en la punta del puerto de madera.
Los días pasaron nefastos. Desde Independencia se avisó que allí no se había registrado ningún caso, lo que justificó aún más la vigilancia para separar el foco de infección. Pero como dos mil almas del otro lado del arroyo se preocupaban. Cada tarde, como a las seis, cuando el sol se ocultaba allá, detrás del muelle del saladero, decenas de personas se congregaban y mediante gritos se pasaban las informaciones.
- Anoche murió Peláez, el marido de ña'Florencia. También el Perico. El que vivía al lau'e la panadería de los Picasso...
Algunos quedaban esperando. Otros, cabizbajos, marchaban de vuelta a casa, impotentes, a llorar sus pérdidas.
Los carpinteros resultaron insuficientes. Primero porque eran muchos más los cajones que tenían que hacer y además, porque a ellos también les tocaba la vuelta de la guadaña...
- Parece mentira - decía un gallego que era especialista en las terminaciones - De hacer crucifijos tallados para las tapas ahora tengo que clavar maderas para unos cajones atorrantes.
Inclusive, llegó el momento en que ya no se hicieron cajones. Nos pusieron a cavar unas fosas largas y profundas, del lado del basurero y allí traían en carretillas a los pobres infelices muertos, que enterrábamos entre capa y capa de cal viva. No me olvidaré jamás del zopapo que me dio el herr Noiman porque me puse a vomitar ante aquella horrible carga de gente.
- Y... ¡carajo ! ¡Naides me créiba ! Si la vieja ña'Torcuata, la que nos hacía las tortas fritas, ¡entuavía respiraba cuando la tiraron a la cuneta! ¡Por Dios que lo juro! ¡Por Dios !...
Encalaban todas las habitaciones. Hervían el agua del río en grandes tachos y nadie podía beber si no era de allí. Y las chimeneas del hospital viejo dejaban escapar un humo blanco de la quema de alcohol para purificar los aires.
- Por eso le digo, mi amigo, que dos meses fueron largos como una vida. ¡Qué lo parió que se ven cosas! ¡Y hasta uno apriende a conocerse como persona !
- Nunca vaya usté a decir qu´es bueno sin antes pasar por una cosa d'estas, ¿sabe? En rialidad somos unos hijos de puta, sin sentimientos. Si hasta nos mirábamos con recelo, como si juéramos bichos piojosos... y le dábamos la espalda a los cortejos. Todos queríamos escapar de todos y ni pa'rezar nos juntábamos de a dos !
La reunión no dio para más. De a dos, algunos. En grupos más grandes, otros. Acompañándose en dolor, todos se fueron calle arriba.

 Y el puente Keller se quedó solo, con el arroyo haciéndole cosquillas con su corriente fría de agosto...


Nota: El "puente Keller" no es otro que el puente sobre el arroyo Laureles que nos une al barrio del frigorífico. Se construyo en 1866 y justamente cuando cumplía 100 años, en el gobierno de don Luis Alzaibar, se cambio por una nueva estructura que es la que hoy existe.

El episodio de la peste fue verdad, en 1868.

sábado, 6 de febrero de 2016

Un Borges que se acercó a Fray Bentos...


Borges es un metafísico andante. Un caballero perdido en las locuras del espacio y del tiempo; no importa qué o cual tiempo. Porque para Borges metafísico, pensar en el tiempo era imaginar el meollo incomprensible de un punto que puede contener todo, sin ser nada.
Así se comporta en sus relatos; en la mayoría de ellos por cuando no todos los he leído. Juega con el concepto mundano, humano y personalizado que el hombre le da al tiempo… Y pretende esconder en los vericuetos de sus escritos, la verdad inmanente de que el tiempo es una mentira; es un invento para poder comprender que la misma cosa que fue ayer, puede seguir siéndolo ahora y quizá mañana.


A Borges no le interesaba para nada el concepto de fecha como la que encierra determinado momento para fijar una situación o un acontecimiento. Es como si su filosofía hubiese sido agnóstica desde el punto de vista de la cronología. Y trata de hacernos entender esta verdad metafísica haciéndonos regresar a releer párrafos donde, precisamente, las fechas nos causan desconcierto y nos hacen perder el hilo de la comprensión humana apegada, acostumbrada y sometida al anacronismo de las cronologías.

Y precisamente, para que entendamos, de ser ello posible, que alguien nos miente literariamente en todo momento y nos lleva hacia situaciones similares para hacernos creer que el tiempo es una rueda real, tan exactamente circular que tozudamente nos presenta las mismas cosas después de pasado un lapso. Y nos hace repetir las consabidas frases de “la vida es una rueda… lo que pasó ayer se repetirá”... hasta hacernos meter en el hueco intangible, irreal de la metafísica para hacernos decir también: “lo que es arriba es abajo y lo que es abajo es arriba”. Al decir del escritor Mario Noya en una breve nota: "Borges hace alardes de erudición y pergeña sus celebérrimos textos trampa: comentarios exhaustivos, por ejemplo, de libros que no existen o relatos que juntan y revuelven lo real con lo ficticio.".

¿Es acaso posible asegurar que Jorge Luis Borges estuvo en Fray Bentos? ¿Podemos destripar su prosa para encontrar rastros? ¿Son acaso las alusiones al cronométrico Funes y la vaguedad de unos mosaicos de un piso de una casa perdidos en el recuerdo justificaciones suficientes? En el caso de Borges, me imagino que es imposible.
Juega con su interpretación de la metafísica y el tiempo, precisamente, es su gran ayuda para que las remembranzas, los pasajes nunca olvidados de sus lecturas de los enormes libracos de la biblioteca de su padre, hagan sobrevuelos mágicos de golondrinas creativas a la hora de escribir sus relatos y cuentos.

Así como el punto microcósmico puede contener el universo, así el último punto de su frase creativa puede obligar a un universo de recuerdos quedar inmersos en un pequeñísimo, inescrutable e insignificante lugar de la tierra donde se le antojara situar a sus personajes… punto que quizá no exista.

Pero el caso de Fray Bentos sí es un punto geográfico real. Y un sitio que, sin lugar a dudas, formó parte de su niñez. Antes que nada, gracias a una carta que escribe Borges a su amigo Enrique Estrázulas, sabemos de su origen “fraybentino” en un lugar muy concreto como era “la quinta de Los Laureles”, una verdadera mansión propiedad de la Compañía Liebig´s situada a poco menos de dos kilómetros del establecimiento, donde vivieran los familiares directos de su madre. Este preciso lugar era una preciosa mansión cercana al predio industrial de ese ejemplo mundial de la perplejidad cuando nos referimos a la gran cantidad de alimentos que se prepararon allí para alimentar a la Europa en conflictos. Allí vivió el que fuera presidente de Uruguay, don José Batlle y Ordóñez cuando cumplió sus funciones de Jefe Político de Rio Negro entre 1890 y 1895.
Borges, por parte de madre, tuvo una relación muy cercana a la República Oriental y más concretamente al Departamento de Río Negro. Su mamá era hija de Isidoro Acevedo Laprida casado con Jacinta Martínez de Haedo Soler.

RASTREANDO AL BORGES DE FRAY BENTOS. 

 Para ello transitemos por dos de sus obras donde nos menciona. En el caso de “Funes el memorioso” es un ejemplo de la imposibilidad de la mente humana de subsistir sin darse un baño de olvido diariamente. La rebeldía de un cerebro trabajador, incansable, productor de sueños, elucubrador de imágenes del futuro y ayudante en la planificación de la vida del hombre, lleva a esa máquina maravillosa a absorber absolutamente todo lo que los sentidos nos traen, aunque con la nata inteligencia de ir olvidando cosas. Es como si cada persona tuviese un mandato especial que le aplica filtros a los acontecimientos, a los nombres y a las situaciones. Pero tanto como habemos quienes olvidamos hasta las fechas de aniversarios o sucesos otros son alabados por lo que se llama memoria prodigiosa, atesoranolos a través de los años.
Tal cual, los recuerdos, conocimientos y vivencias se quedan viviendo en quién sabe cuáles recovecos y pliegues de nuestro cerebro, detrás o debajo de un manto que llamamos olvido. Pronto, y cuanto más ancianos seamos mejor lo comprobaremos, notamos que nada de eso se ha perdido. Todo surge como las golondrinas que aparentemente solitarias inician de nuevo otro día, sin necesidad de recordar levantar vuelo todas juntas como cuando bajaron para dormitar.

Algunos autores reconocen que “Funes, el memorioso" es un verdadero homenaje de Borges a un gran amigo y considerado por él mismo como su mentor, don Alfonso Reyes, poeta, ensayista, narrador y pensador mejicano de quien Borges reconociera en una oportunidad que : “… la memoria de Reyes era virtualmente infinita y le permitía el descubrimiento de secretas y remotas afinidades, como si todo lo escuchado o leído estuviera presente, en una suerte de mágica eternidad. Esto se advertía, asimismo, en el diálogo."

Quizás aquí reside el origen del cuento, según responde al periodista Raul Burzaco en junio de 1985 en el último reportaje televisivo a Jorge Luis Borges, realizado en los estudios de ATC. Borges recordó que el cuento lo escribió en una desesperada noche de insomnio, de las que padecía con harta frecuenia. Su situación personal le hizo recapacitar sobre la desesperación de no poder olvidarse de su cuerpo, de la habitación del hotel, ni de las campanadas de la iglesia cercana para poder dormirse. Así, pensó: "Qué terrible sería el caso de un hombre que no puede olvidar... un hombre abrumado por una memoria infinita. "
Y Borges elige un punto del macrocosmos como lo es un pequeño pueblo perdido en una pampa de cielo y verde, para hacer vivir allí a su “cronométrico” personaje: Irineo Funes.
Pero dejemos asentado algo: nos confunde desde el principio. El genio nos cuenta: “Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared…”

¿ES ESTE EL FRAY BENTOS DE BORGES ?

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, había nacido en Buenos aires el 24 de agosto de 1899. De manera que sólo en su fértil imaginación y para hacer una contraposición con la exactitud cronométrica de Funes, él mismo se puso como personaje en un momento para nada exacto de su propia cronología: se colocó en el escenario de Fray Bentos cinco años antes de su gestación. Aunque debemos disculpar su impericia estudiada y para nada mal intencionada: realmente Borges había sido gestado por sus padres en Fray Bentos, en el mismo lugar donde viviera la imaginaria madre de Irineo Funes.

(Mi primo) “Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles…”

Algunos elementos, mirados desde la perspectiva de un habitante de Fray Bentos, aparecen tales y cuales vivencias o conocimientos personales de Borges. La referencia en "Funes, el memorioso": "Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo" no es literalmente un elemento del paisaje local; ni actual ni que lo tengamos reconocido en el pasado de la ciudad. Pero sí puede ser producto de una impresión que les aseguro es grande, cuando se ha transitado por el enorme "camino de las tropas", un corte de más de un kilómetro de largo en la barranca que el saladero Liebig había marcado como una profunda cicatriz en la tosca para facilitar llevar los vacunos desde la Estancia "La Pileta" hacia los corrales. Por momentos, el corte fue tan profundo que asemeja una especie de impresionante desfiladero hecho a pico y pala, camino que usualmente se utilizaba para ingresar al saladero sin cruzar por el caserío de Fray Bentos.

LA VIDA BUCOLICA DEL FRAY BENTOS DEL 900. 

La familia de Borges debió partir en 1914 hacia Europa y recién regresaron hacia 1922 directo a Buenos Aires, cuando Jorge Luis tenía 22 años. Por tanto, si presumimos que las experiencias de las visitas con sus padres a Fray Bentos fueron anteriores, nos encontramos con un chico cuya edad infantil recibiría las vivencias con real impacto como "la aventura" de haber ido y regresado a caballo hasta la estancia San Francisco, propiedad de los parientes Haedo.
Como parte de su relato, Borges dice haber visitado Fray Bentos en dos oportunidades, aunque quedamos con la sana duda si acaso ello haya sido otro subterfugio literario como los años de esas visitas.

Deducimos, pues, que Borges fue traido por sus padres a Fray Bentos antes de cumplir sus 14 años. No podemos alejarnos de una escena familiar propia del Borges párvulo con su abuela inglesa Fanny Haslam, contándole las cosas impactantes de donde sus propios padres le habían engendrado: las historias que parecerían mentiras y elucubraciones basadas en lejanas leyendas propias del reducto británico de fama mundial en que se había convertido ya para la primera década del 900 el establecimiento Liebig´s de Fray Bentos. Solamente abrir los enormes e impresionantes libracos de The Illustrated London News o The Cornhill Magazine era suficiente como para hacer volar la imaginación por una tierra -que parecía tan lejana pero que en realidad estaba muy cerca- donde miles de vacunos se convertían en un santiamén en caldos para sopas que alimentaban soldados o que servían de maravilla para que un ama de casa ataviada no precisamente para el ámbito culinario, se convirtiese en una experta cocinera con sólo diluir una mágica tableta "elaborada con las mejores carnes de las pampas sudamericanas" al decir y escribir de Julio Verne en su novela "Au détour de la lune".

Es por ello que, aún sin haberlo pedido, debe haber sentido el joven Jorge Luis una agradable sensación de "meterse" en ese ámbito de un "Fray Bentos" que debería haber estado, previo al viaje,embebido de historias y relatos que le impresionaron.
Si con apenas seis años demostró su vocación escribiendo una fábula sobre la base de algunos párrafos de El Quijote de la Mancha que le resultaran convocantes, parece creíble que sus experiencias de viaje hubiesen sido usadas para introducir en la "melange" en que convertía cada una de sus creaciones literarias. Y en Fray Bentos, vaya si había estos impactos cuya introducción aunque fuese velada, no hemos podido descubrir en otros ejemplos que no fuesen "Funes, el memorioso" y "El Aleph". No hallamos otras referencias, ni siquiera indirectas, a un paisaje como el de la fábrica de Fray Bentos en las obras de Borges pero no dudamos que sus visitas a Fray Bentos en su niñez y pubertad fueron reales.

Si acaso la referencia que coloca pasajeramente en "El Aleph": "vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, " quizá pudiésemos opinar que como este relato es de 1949, la referencia nos llevaría al autor visitando la ciudad de Fray Bentos hacia 1919, pero como en esa época ya estaba en Europa, debemos retrotraerlo antes de 1914. (Si acaso, valga la salvedad, que en este caso Borges no estuviese también "jugando" con el tiempo!).
No sería difícil conjeturar sobre cómo estas cortas visitas a Fray Bentos habrían motivado a Borges, porque éste era un ambiente tremendamente distinto al de cualquier ciudad o ambiente citadino. Un referente para la industria regional, como lo era el establecimiento de la Liebig´s Company, seguramente tenía un formato rural, aunque cercano a donde había un movimiento inusual. No precisamente era una estancia del interior; tranquila y sin ruidos; miles de vacunos eran traidos desde los campos del interior, azuzados por los troperos que al final de su tarea dejaban las tropas en los bretes prontas para un breve descanso antes de ser llevadas al matadero.

Muy difícil sería sustraerse, no obstante la Quinta de Los Laureles estaba a unos dos kilómetros de distancia, de los gritos de los peones, de los mugidos de tantos animales y del estremecer de la tierra que temblaba por acción de las pezuñas levantando espesas neblinas de polvo amarilento.

Pensamos que quizá hasta haya tenido Borges la oportunidad de participar de la tradicional "romería" que la Sociedad Cosmopolita de Socorros Mutuos organizaba durante tres días y dos noches en verano, con permiso expreso de doña Flora C. de Young para usar el terreno exactamente contiguo a la Quinta. Sus padres vacacionaban en los meses de verano y precisamente en diciembre las barrancas contra el río Uruguay se poblaban de colores y una muchedumbre heterogénea se agolpaba para disfrutar de la fiesta.

Sin duda que habrá mucho para conjeturar. El propio Borges nos anima desde el misterio de sus párrafos, donde parecen escondidos recuerdos y remembranzas de un niño de enorme fertilidad en su creatividad literaria y que si en sus sueños habría dejado pasar por alto las imágenes de este pequeño pueblo uruguayo donde sus genes se compaginaron durante la luna de miel de sus progenitores...

Cuando se casaron sus progenitores, Jorge Guillermo Borges, su padre, llevó a su esposa Leonor Rita Acevedo y Suárez a Fray Bentos, ya que en la "Quinta de Los Laureles" residían familiares de la familia Haedo. Allí, en abril de 1898, aún en meloso período de luna de miel, ambos engendraron su primer vástago.

De allí y por la rama de su bisabuela, Borges forma parte del árbol genealógico iniciado en América por Francisco Javier Martínez de Haedo, casado con Micaela Bayo Baccaro, el primer gran terrateniente del actual territorio uruguayo cuando hacia 1750 utilizó un dinero que le debía la Corona para adquirir tierras de una extensión tal que abarcaban el territorio donde actualmente están los departamentos de Paysandú y Río Negro.
Es como cuando, perplejos, vemos cómo unas pocas golondrinas pronto son muchas y tantas que tapan el cielo y se agolpan en una vorágine circular que las asemeja a un torbellino de agua yéndose por el aguajero negro de un vertedero. Todas las vivencias y lo que ellas nos resucitan, terminan siendo precisamente esa nube oscura de plumas que se amontonan en pocos árboles cuando llega la noche… para al alba siguiente insertarse de nuevo en el firmamento diáfano. 

No es casualidad. Es una causalidad. Un ejemplo tan realista como lo es el problema de la memoria, merecía un espacio real y Borges no escatima algunos detalles de una ciudad real como lo era Fray Bentos para dar el ámbito específico para su relato. Nombre de ciudad que aunque no la hubiese visitado jamás, sus padres la tendrían como un hermoso recuerdo, porque en ella lo habían engendrado a él... 

La pequeña población de Fray Bentos también estaba cercana. No necesariamente "a la vuelta de la quinta de Los Laureles" como Borges le fija el domicilio la madre de Irineo, su famoso personaje del cronométrico Funes.











viernes, 5 de febrero de 2016

Me pasó en la terminal...



ME PASO EN LA TERMINAL



La terminal estaba atestada. La gente iba y venía, desorganizada, como si hubiesen sido hormigas cuando, para entretenernos, cuando niños, rompíamos los enormes túmulos que los laboriosos insectos habían construido pacientemente.
Cuando me incorporé, el celular cayó al piso y se activó una llamada.  Me sentí culpable por que la persona estaba prácticamente gritando: “Alo… alóoo” sin que nadie le respondiese. Así que contesté.
Había comprado el voluminoso pack del Diario El País de los Domingos, como manera de hallar en él la salvación para trasponer el tiempo hasta la hora de salida del ómnibus que me llevaría de regreso. Entre eso y del maletín, más el paraguas algo húmedo aún por la tímida lluvia con que se había despedido la anunciada tormenta de “Alerta naranja”, tenía suficiente como para sentirme incómodo por tantos bultos.
-         Hola!!!… respondí medio perdido porque ni sabía a quién le había llegado la llamada.
-         Hola hermano!… cuánto tiempo ha pasado! ¿A qué se debe tanta sorpresa? – me respondió alguien del otro lado del celular-.
-         Estoy en la ciudad. Le dije, en medio de esos segundos indecisos donde uno trata de revisar en la memoria. Es la voz de quién?
-         ¡Todavía tengo vivos aquellos días de las excavaciones arqueológicas en el Río Negro! ¡ Qué tiempos aquellos… te acordás? Fue una gran ayuda. Se me presentó mágicamente la cara imberbe del Flaco Jorge, cuyo timbre de voz no había cambiado para nada a través de más de treinta años.
-         ¿Cómo podemos hacer para vernos? Era un reclamo desesperado del amigo deseoso de novedades. “Estoy en la terminal” le dije.
-         Estoy a pocas cuadras de ahí!... Esperáme en la entrada principal que nos vemos en unos minutos.
Salí a la calle por el gran portal. El sol ya alumbraba fuerte, levantando espesa humedad del cemento. A pesar que con los años se me había despintado la fisonomía del “flaco Jorge”, confiaba en poder reconocerlo cuando se acercara.
Fue entonces cuando levanté la vista y un hombre flaco y alto, de pie a pocos metros, me observó y reaccionó de inmediato, dando grandes zancadas hacia mí, mientras abría los brazos.
            ¿Cómo estás… tanto tiempo!, me dijo, mientras yo lo miraba receloso, tratando de adivinar qué había hecho el tiempo en ese cuerpo, ya de un hombre maduro, como yo. No obstante, sobrepuse la imagen que estaba viendo sobre aquella que guardaba en mi mente de joven, cuando integrábamos juntos el entusiasma grupo de ”arqueólogos” aficionados que paciente y entusiastamente tratábamos de aprender de los técnicos brasileños que nos visitaban.
-         Vos sabés que yo me retiré…Soy jubilado ahora -le dije-… Pero no pierdo la costumbre de perderme de vez en cuando en eso apasionante de los estudios arqueológicos… Precisamente, hace poco estuvimos como el “Gordo” Pachuco -¿te acordás del Gordo?- Me dijo que ya es Licenciado. ¿Te imaginás vos al Gordo Pachuco de Licenciado?. Increíble che... En nuestra zona se siguen encontrando cosas. Bueno, sabrás vos que también te recibiste que Río Negro es una de las principales zonas de la paleontología nacional….. En la chacra de un amigo hallaron los restos de una ballena. Y sabés qué? Hace más de veinte años yo había desenterrado una vértebra y una gran costilla justito en el mismo lugar… Será del mismo bicho, me imagino. Y  no solamente eso… como son terrenos del cuaternario, en la Escuelita Rural de Las Margaritas, aún aparecen en los blanqueales huesos de megaterios, caparazones de gliptodonte, uñas de glossoterium… Bueno , para qué te voy a contar…. Si es tu tema.
El flaco Jorge asentía con la cabeza y me miraba con ojos desorbitados que yo interpreté como de ansias por que le continuara contando.
-         Continué mi entusiasta perorata. La gente de la Facu estuvo el año pasado… Y en el mismo lugar donde nosotros hicimos el  cateo -¿te acordás? ¡Qué tiempos aquellos!-  No vas a creer lo que te digo!... En el mismo lugar, pero como cuatro metros para abajo, encontraron restos de gliptodonte con una punta de flecha clavada en el hueso!... Impresionante! Dicen que cuando lo estudien bien, eso cambiará la historia de la paleontología regional… Y también la historia del poblamiento americano!  … Bueno, no es para menos… que los aborígenes que nosotros creíamos que vivían de la caza y de la pesca se entretuvieran cazando gliptodontes… no es para menos… Si esto nos lo hubieran contado en aquellos tiempos, habríamos dicho que eran cuentos chinos… Como los cuentos del “Tico”… Era un monumento ese viejo…. Qué joder! Cada vez que me acuerdo de su sabiduría y de tanto que nos enseñó, me da una pena que se haya muerto!... En realidad, te acordás que siempre nos decía: “No voy a quedar para semilla, chiquilines… un día de estos…” Y se murió en su ley, nomás… caminando buscando puntas de flecha en los médanos de Cabo Polonio…
Nuevamente miré a los ojos al Flaco Jorge. ¡Cómo cambian las personas!, me decía para mí mismo. Me hubiera imaginado que como pasa en casi todos, algunos rasgos permanecerían incambiados o reconocibles a través del tiempo. Aquellos ojos vivarachos del Flaco ya no eran los mismos. En cada mirada siempre había un chiste que se armaba dentro de su cabeza… ¡Si tendremos cosas para acordarnos juntos!
El hombre miró su reloj, como distraído. Recién caí en la cuenta que los minutos habían pasado y con mi verborragia había impedido que mi interlocutor dijera una sola palabra. “¿Vamos a tomar un cafecito?”. Se me ocurrió al instante invitarlo y así permitir saber de su vida.
-         René!!!. La verdadera voz del Flaco Jorge… Ese timbre de voz agudo, chillón, retumbó a mis espaldas. Miré al Jorge que tenía enfrente y me di vuelta para ver al otro con voz del verdadero Jorge…
En efecto. Allí estaba. Venía casi corriendo hacia mí y abriendo los brazos. No me dio tiempo a nada porque, a través del lapso de casi treinta y cinco años, había vuelto mágicamente aquellos momentos en que nos confundíamos en un abrazo cada vez que nos encontrábamos.
El otro Jorge, el que no había abierto para nada su boca para contarme de la vida que yo creía que tenía hoy día como Licenciado en Antropología, bajó los ojos, como avergonzado. El también había tenido un lapsus de esos que son tan comunes cuando la vida nos despinta aquellos amigos que siempre recordamos y añoramos… Lo vi sonreir forzadamente y después me dio la espalda, metiéndose en el tráfico humano de la vereda de la Terminal.
-         ¿Y, René??? Tomamos un cafecito? Y nos metimos con el verdadero Jorge en la Terminal…



Terapia



"Terapia"



 


Me miré al espejo; lo saqué de su falsa escuadra, pero otra vez volvió a hamacarse y quedó torcido. Con los dedos crispados me peiné grotescamente el cabello húmedo. Bajé después las escaleras. Me detuve casi en la puerta antes de salir. "No sea que salga corriendo y me lleve por delante a la vieja que está  barriendo la vereda".
La claridad de la mañana entraba por los vidrios. Detrás de esa puerta, ¿estaría todavía el infierno? El infierno lleno de ruidos, harto de seres caminantes sin destino; con bocinazos impertinentes y las imprecaciones odiosas de los conductores.
Aspiré hondo y contuve el aliento, como haciendo el silencio necesario para confirmar que todo sería como cualquier otro día, luchando con cada quien buscara, como yo, enfrentarse a la selva diaria de pegajoso y húmedo smog y del insoportable hedor del combustible volátil. El recordar solamente el olor me hizo llevarme instintivamente la mano al bolsillo trasero del pantalón. Allí tenía dos pares de pañuelos, como para usar de mascarillas anti-smog.
Y pensar que a pesar de todo, ¡tenía que salir! La impiedad de la rutina era una orden imperante, la que me daban el último empujón para decidirme a posar la mano en el picaporte y abrir el zaguán. Otra vez inspiré profundo, como si acaso dentro de casa tuviese el último almacenamiento de aire incontaminado, y como un valiente más, me sumergí en la claridad del día.
Miré alrededor. La vista se me perdió en la amplitud de la barranca y después se regocijó, perdiéndose en la inmensidad del mar. Apenas si la brisa me trajo los gritos de las gaviotas.
Una vez más sonreí triunfante. Nada mejor que imaginar, un minuto antes de salir, lo que sería vivir de otra manera, para valorar la simpleza de mi vida común.


El silencio no existe.



El silencio no existe.
Cierta vez, el famoso compositor norteamericano John Cage, ya desaparecido, decidió encontrarse con el verdadero silencio y solicitó permiso para entrar a la llamada cámara anecoica de la Universidad de Harvard. Estas cámaras, muy pocas en el mundo por su complejidad y por ser muy costosas, están hechas para retener absolutamente todos los sonidos y ecos y se usan para estudios del sonido.
En este lugar, el famoso músico tuvo una experiencia inaudita: no había silencio absoluto. Percibió en el ambiente dos sonidos; uno alto y otro bajo. Los técnicos le informaron que el primero era su sistema nervioso funcionando y el segundo los latidos de su corazón y la sangre corriendo por sus venas.
Tecnología de por medio podríamos decir entonces que el silencio no existe. Siempre hay pequeños, casi inaudibles sonidos que están rodeándonos.
Otra experiencia increíble fue la de un director de orquesta sinfónica que tuvo que ensayar un concierto con un pianista absolutamente ciego. ¿Cómo hago para hacerle una señal para indicarle cuando él debe iniciar los acordes? La madre del pianista que lo acompañaba a todos lados, le dijo: no se preocupe...él escucha su respiración.
Y aunque parezca difícil de creer, la señal ideal de conexión entre el Director y el pianista fue el sonido casi imperceptible de la fuerte inspiración del Director cuanto levantaba su batuta que el ciego escuchaba perfectamente...
Qué hermoso debe ser concentrarse tanto en el silencio como para encontrar en él los sonidos que nos parece que no existen!

En una noche cualquiera, si acaso acalláramos los sonidos producidos por humanos, podríamos decir que estamos disfrutando del silencio, cuando en realidad hay decenas, sino miles de sonidos que la naturaleza encierra, desde el sonido de las olas hasta los lejanos chirridos de las langostas y alguno que otro canto nocturno de los pájaros.
Solamente hay que detenerse. Que concentrarse. Que adentrarse en las cosas simples. Escrutar en el silencio. Observar más que mirar despreocupadamente. Sumergirnos en nuestro propio interior para descubrir cosas que nos parece que no existen pero que aguardan allí para enseñarnos mucho de la vida, de los comportamientos y de los sentimientos.
El silencio no es la ausencia de sonidos, sino que es el estado ideal del hombre consigo mismo para descubrir el mundo que nos rodea...