viernes, 5 de febrero de 2016

Terapia



"Terapia"



 


Me miré al espejo; lo saqué de su falsa escuadra, pero otra vez volvió a hamacarse y quedó torcido. Con los dedos crispados me peiné grotescamente el cabello húmedo. Bajé después las escaleras. Me detuve casi en la puerta antes de salir. "No sea que salga corriendo y me lleve por delante a la vieja que está  barriendo la vereda".
La claridad de la mañana entraba por los vidrios. Detrás de esa puerta, ¿estaría todavía el infierno? El infierno lleno de ruidos, harto de seres caminantes sin destino; con bocinazos impertinentes y las imprecaciones odiosas de los conductores.
Aspiré hondo y contuve el aliento, como haciendo el silencio necesario para confirmar que todo sería como cualquier otro día, luchando con cada quien buscara, como yo, enfrentarse a la selva diaria de pegajoso y húmedo smog y del insoportable hedor del combustible volátil. El recordar solamente el olor me hizo llevarme instintivamente la mano al bolsillo trasero del pantalón. Allí tenía dos pares de pañuelos, como para usar de mascarillas anti-smog.
Y pensar que a pesar de todo, ¡tenía que salir! La impiedad de la rutina era una orden imperante, la que me daban el último empujón para decidirme a posar la mano en el picaporte y abrir el zaguán. Otra vez inspiré profundo, como si acaso dentro de casa tuviese el último almacenamiento de aire incontaminado, y como un valiente más, me sumergí en la claridad del día.
Miré alrededor. La vista se me perdió en la amplitud de la barranca y después se regocijó, perdiéndose en la inmensidad del mar. Apenas si la brisa me trajo los gritos de las gaviotas.
Una vez más sonreí triunfante. Nada mejor que imaginar, un minuto antes de salir, lo que sería vivir de otra manera, para valorar la simpleza de mi vida común.


El silencio no existe.



El silencio no existe.
Cierta vez, el famoso compositor norteamericano John Cage, ya desaparecido, decidió encontrarse con el verdadero silencio y solicitó permiso para entrar a la llamada cámara anecoica de la Universidad de Harvard. Estas cámaras, muy pocas en el mundo por su complejidad y por ser muy costosas, están hechas para retener absolutamente todos los sonidos y ecos y se usan para estudios del sonido.
En este lugar, el famoso músico tuvo una experiencia inaudita: no había silencio absoluto. Percibió en el ambiente dos sonidos; uno alto y otro bajo. Los técnicos le informaron que el primero era su sistema nervioso funcionando y el segundo los latidos de su corazón y la sangre corriendo por sus venas.
Tecnología de por medio podríamos decir entonces que el silencio no existe. Siempre hay pequeños, casi inaudibles sonidos que están rodeándonos.
Otra experiencia increíble fue la de un director de orquesta sinfónica que tuvo que ensayar un concierto con un pianista absolutamente ciego. ¿Cómo hago para hacerle una señal para indicarle cuando él debe iniciar los acordes? La madre del pianista que lo acompañaba a todos lados, le dijo: no se preocupe...él escucha su respiración.
Y aunque parezca difícil de creer, la señal ideal de conexión entre el Director y el pianista fue el sonido casi imperceptible de la fuerte inspiración del Director cuanto levantaba su batuta que el ciego escuchaba perfectamente...
Qué hermoso debe ser concentrarse tanto en el silencio como para encontrar en él los sonidos que nos parece que no existen!

En una noche cualquiera, si acaso acalláramos los sonidos producidos por humanos, podríamos decir que estamos disfrutando del silencio, cuando en realidad hay decenas, sino miles de sonidos que la naturaleza encierra, desde el sonido de las olas hasta los lejanos chirridos de las langostas y alguno que otro canto nocturno de los pájaros.
Solamente hay que detenerse. Que concentrarse. Que adentrarse en las cosas simples. Escrutar en el silencio. Observar más que mirar despreocupadamente. Sumergirnos en nuestro propio interior para descubrir cosas que nos parece que no existen pero que aguardan allí para enseñarnos mucho de la vida, de los comportamientos y de los sentimientos.
El silencio no es la ausencia de sonidos, sino que es el estado ideal del hombre consigo mismo para descubrir el mundo que nos rodea...

El entierro de Valdés



El entierro de Valdés


De todos los bisnietos resulté el elegido. Viajaría, finalmente, a Montevideo para visitar a la familia de la mano de la “abuela” Felicia -en realidad mi bisabuela-  y los aprontes para la travesía eran interminables y comentados por todos. Y digo la travesía porque ir a Montevideo en aquella época en tren era una verdadera odisea de más de diez horas de traqueteo interminable. Pero eso a mí no me importaba, porque una vez por todas se cumpliría mi sueño de conocer la gran ciudad de la que todo el mundo hablaba.
La ocasión del viaje era especialísima. Iban a reducir los restos de Valdés, el marido de la tía Ricarda que hacía treinta años que se había muerto de una cirrosis tremenda, porque le gustaba tomar de todo. Pero poco me importaba el nombre de Valdés, porque al fin iría a Montevideo y me sacaría fotos rodeado de las palomas en la Plaza Independencia, como era norma de la bisabuela cada vez que iba a Montevideo, una vez cada muerte de un obispo.
Nos despidieron como si nunca fuéramos a regresar. En primera instancia, en la Agencia de Carminatti, porque había que tomar un ómnibus tipo bañadera para llegar a Mercedes, que era desde donde salía el tren a la mañana siguiente. A pesar de que los kilómetros decían treinta de distancia, Mercedes parecía estar en otro mundo. Había que encomendarse a Dios y ni locos intentar viajar si apenas lloviznaba, porque el arroyo Pantanoso se desmadraba y no dejaba pasar. No importa, se regresan y está..., podrían decir ustedes, pero el caso es que si al volver el arroyo Yaguareté estaba ya crecido y tampoco daba paso. Entonces había que quedarse dentro de la bañadera, mojándose como pichones de gorriones en su nido un día de tormenta, aislados del resto del mundo.
Pero ese día tuvimos suerte. Un calor que rompía termómetros, como cuando yo los ponía a calentar junto a la bombilla eléctrica para que mamá creyera que tenía fiebre y no me mandara a la escuela.
La madrugada siguiente fue emocionante. Cansadora, pero emocionante. Cansadora porque me fue imposible pegar un ojo por la tremenda expectativa del viaje en el “traca-traca”. Habían elegido ese día porque era el día del “motocar”. Los miércoles de cada semana la larga fila de vagones era tirada hasta Montevideo por una máquina a fuel oil en lugar de la locomotora vieja y agotada de su trabajo de tanto tragar toneladas de carbón de piedra inglés. Entonces, la capital estaba tres horas más cerca...
El viaje, no obstante, era una novela tentadora, para quien no hubiese viajado antes. Les aseguro que al llegar, ya daba pánico pensar que algún día había que regresar pasando por lo mismo. Las primeras dos horas, entre la novelería de mirar por la ventanilla, mirar las revistas del Pato Donald que la abuela hizo aparecer como por magia y tomar una buena taza de café con leche con bizcochos duros resecos que daban como “desayuno”, la cosa era bastante entretenida. El caso vino después.
Ahí me di cuenta recién porqué el abuelo Justo me decía tanto del “traca-traca” en lugar de llamarlo tren como todo el mundo. El sonido se metía por todos lados, retumbaba en las paredes, temblaba en las maderas polvorientas del piso y por más ventanillas abiertas, parecería querer quedarse adentro, ensañándose con los pasajeros. Al final, le gané al ruido. Hice dos bolitas amasando miga de pan que me sirvieron de perfectos tapones para los oídos. Lo único que el temblequeo del tren – que me hizo vomitar hasta lo que no tenía - lo sentía permanentemente en el vientre, donde el estómago se movía como zapallos sueltos dentro de un carro en movimiento.
 Sin escotes, botones hasta arriba y largo que le tapaba hasta los tobillos, el vestido de la abuela Felicia estaba ya blanco de polvoriento. La pluma del sombrero parecía marchita y alicaída y era un estorbo más que un adorno. Al final de cuentas, la pluma ni llegó a Montevideo. Se la arrancó uno más inquieto que yo que iba sentado –más bien parado- en el asiento contiguo. “Mirá que viene el guarda... ¡quedate quieto! –le amenazaban-. Pero eso no sirvió de nada cuando después de pasar tres veces el anciano uniformado, con un sombrero donde lucía el escudo amarillo y azul de AFE metido hasta las orejas, pareció tan impávido que ni papaba moscas.
Ni me pregunten del viaje. En esa tremenda odisea perdí la cuenta de las veces que vomité, de las veces que volví a comer, del tapón de miga de pan que se hundió en mi oído sin poderlo retirar, en las veces que pedí para ir al baño, en la cantidad de vacas, toros, liebres, viuditas, horneros, postes de luz, números indicadores, caballos, ranchos y perdices que conté. Ah! Y el récord que rompí inventando cosas para jugar al “veo-veo... qué ves?... Una cosa que empieza con m.... “ Me doy por vencida me dijo la abuela. “Mierda... eso es! Al gurí de enfrente le cambiaron los pañales!”
Nos esperaban las tías, primos, primas y vecinos como si nuestro arribo a Montevideo fuese un verdadero acontecimiento. Perdí la cuenta de los besuqueos de las viejas y de los pellizcos de las primas, que me pasaban de mano en mano y de brazo en brazo. “!Está divino! !Qué grandote! !Tiene los ojos del abuelo Justo! Lo que tiene del abuelo es ese lunar en la mejilla, ¿se lo viste?”... !Dios se lo guarde doña Felicia!” Y la abuela no daba abasto para sacudirse el polvo del camino, como si hubiésemos viajado en “la dilegencia” como me contó en uno de los tantos intentos de entretenerme durante el viaje.
En un viejo Chevrolet del año treinta llegamos a la casa de la calle Wáshington. No fue un viaje muy largo, pero pude ver el mar. Bueno, el Río de la Plata, que es ancho como mar. Y los paquebotes esperando para entrar al puerto y cientos y cientos de autos en la rambla costanera y edificios altos, muy altos...
Así era el conventillo de la calle Wáshington. Un edificio alto, un corredor largo hasta el fondo con apartamentos a ambos lados que se elevaban hasta el cielo, con calzoncillos y sutienes colgando de las ventanas y viejas que se gritaban de un extremo a otro y jaulas de loros asoleándose en la fingida claridad que mezquinamente entraba en esos recovecos de cemento.
Inevitablemente, la conversación se dirigió hacia el tema del día: la reducción del pobre Valdés. “Ustedes vayan a jugar a afuera... Nene... andá con las primas, esto es cosa de mayores. ¡Celeste! Comprale una Coca en el almacén de la esquina... decile al Pedro que después se la mando a pagar...”
Mi primera desilusión. Me arrastraron a tomar la Coca-Cola a la vereda y me quedé sin saber nada de lo de la famosa reducción. Me había hecho locas ideas y fantasías por doquier. Lo único que tenía en claro era que después de treinta años, había que sacar el esqueleto del pobre Valdés del cajón y guardarlo en una caja más chica.
¿Le quedaría pelo? ¿Se haría finalmente la tía Ricarda de la dentadura de oro que no le pudieron sacar al difunto? ¿Cómo iban a meter un esqueleto tan grande en una “caja chica”? ¿A qué se debía tanta expectativa en torno a un hecho así, sucedido nada menos que veinte años antes de que yo naciera? Cosas que no tenían respuesta porque “esas eran cosas de los grandes” y a los gurises ni soñar que nadie nos comentaba.
El resto de la tarde fue todo reiterativo. Recibir y recibir otros parientes, otros tíos y otras primas de las que nunca jamás había tenido noticias. El apartamento resultaba chico a la hora de pensar dónde irían a dormir, así que nos subieron a todos, sin valijas, y nos llevaron a una chacra en el Cerro en otro taxi Chevrolet que hacía tanto ruido como el “traca-traca” y que se negó a subir la última cuesta.
Habíamos tantos parientes que hacía tiempo que no nos veíamos que la ocasión resultó propicia para festejar la oportunidad. Poco les costó a los tíos ir a la carnicería de la esquina, comprar unas tiras de asado, chorizos, morcillas, tripas gordas rellenas, chinchulines y mollejas. El marido de la Nenucha aportó unas latas de corned beef que se le habían pegado “sin querer” cuando salió del frigorífico. No habían aprontado las camas para dormir –que a eso habíamos venido- cuando todo comenzó a ser una algarabía general, con una vitrola haciendo sonar tangos, milongas y valses, mientras el olor de la parrillada se desparramaba impune por los techos de los ranchos vecinos.
“ ¿Conocen el nuevo baile del serrucho?. Preguntó la tía Marita. !Es divertidísimo!” Yo tendría como ocho años pero les juro que aún me impresiona el recuerdo de aquellas polleras atrevidamente cortas y ajustadas o mejor dicho con demasiado cuerpo para el pobre vestido que amenazaba con reventar con las curvas.
El “baile del serrucho” resultó “cosa de mayores” y nos mandaron a la cocina a comer a las apuradas así podíamos irnos a dormir, dejando camino libre para continuar con la sesión bailable. No me importó que no nos dejaron presenciar el baile. Estaba tan cansado con la acumulación de horas de tanto tren, que me dormí sentado en una butaca, rascándome el oído y con un choripán a medio comer.
Lamento hasta hoy día no haber presenciado todo el asunto de la reducción del pobre Valdés. Porque como también eso era “cosa de grandes” nos guardaron a todos los niños en la chacra del Cerro, alejados de los pormenores. Lo cierto es que al mediodía todo fue revuelo otra vez y era tanta la conmoción que nadie se cuidó de comentar los detalles del suceso delante de los niños.
Cuando regresaron, algunos lloraban pero los más reían y comentaban la visita al cementerio. Como consecuencia, la tía Ricarda había quedado recluida con sus penas en el conventillo de la calle Wáshington.
Al llegar la hora de abrir el cajón de madera donde yacía el pobre Valdés, -debía ser exactamente a las seis de la mañana, como si el muerto se hubiese molestado si hubiese sido antes o después- grande fue la sorpresa al ver que el cuerpo estaba momificado y el pobre viejo aparecía tal y cual lo hubiesen enterrado ayer. Incluso hasta barba le había crecido. La mayoría de las mujeres se descompusieron; algunas con desmayos, pero en general con gran impresión. Las flores estaban marrones y hechas polvo, pero hasta la carta que le habían cruzado entre los dedos a Valdés, estaba intacta en su papel amarillento que aparentemente nadie se animó a leer. Los labios resecos y duros, dicen que eran como una sonrisa macabra, que dejaba adivinar uno de los colmillos de oro.
Los comentarios, como dije, fueron diferentes. Desde risueños hasta macabros. Desde atrevidos hasta respetuosos. Desde irrespetuosos hasta descarados, según los presentes hubieran conocido al tal Valdés, tan alejado de la actualidad. Sus hijas ya eran cuarentonas o cincuentonas; algunos sobrinos ni existían y menos los yernos.
Le echaron la culpa a que el hombre tomaba mucho y que como consecuencia el alcohol impregnando su cuerpo había servido de agente momificador. Otros dijeron que era culpa de los medicamentos inyectados cuando el tratamiento del cáncer al hígado. Y otros se rieron y afirmaron que el muerto había querido quedarse así para que no le sacaran la dentadura de oro, ni aún treinta años después...
En honor a la pura verdad, lo expectante del momento, resultó un fiasco. Todos quedaron molestos, algunos putearon a Valdés porque hubo que pagar la renovación del nicho, la tía Ricarda se quedó sin su dentadura de oro con la que pensaba pagarse unas vacaciones en Fray Bentos y para colmo tuvieron que reponer la plaqueta de bronce que se la habían robado. Y todavía llorar como si ese hubiese sido el día del entierro.
Las vacaciones se nos echaron a perder. La idea de la foto con las palomitas en la Plaza Constitución, ir al zoológico de Villa Dolores y montarme al gusano loco del Parque Rodó, todo quedó en los sueños que tantas veces me habían quitado el sueño. Se deshicieron mis ilusiones como las flores podridas y secas del cajón de Valdés cuando lo volvieron a tapar por treinta años más.
Así que, sentados en el andén de la Estación Central, sin despedida de primos ni tías, sin haber conocido de Montevideo nada más que los conventillos de la ciudad Vieja y una chacra detrás del frigorífico del Cerro, mis vacaciones se convirtieron en la realidad de volver otra vez a la pesadilla del regreso a Fray Bentos en el motocar. La abuela trataba de retirar, con una horquilla del pelo el tapón de miga reseco que me había puesto en el viaje anterior. Mientras tanto, pacientemente, me imaginaba a la prima Marita alentando a todos para un “baile del serrucho” con asado otra vez...






domingo, 8 de marzo de 2015


LA MUJER QUE PEGABA ETIQUETAS.

No encuentro mejor homenaje a las mujeres en su día que escribir sobre una anécdota que me contó una de ellas, obrera en el viejo ANGLO, cuando pegaban etiquetas en las latas de corned beef. No precisamente el nombre de esa mujer es lo que importa (no es la de la foto, por las dudas). Quiero traer simplemente la presencia del ser humano a la actividad industrial y más precisamente acordarme de esas mujeres que a la par del hombre, participaron de la tarea que tanto renombre le dio a Fray Bentos. En aquellos años trágicos para otros países del mundo, en nuestra ciudad miles de trabajadores/as participaban de todo este conflicto en la inefable tarea de preparar comida para los soldados y para la población civil que no podía producir.

Miles de latas de conserva de carne, el tradicional "corned beef" salía por el puerto del Anglo en la panza de aquellos barcos lúgubres porque generalmente estaban pintados de colores oscuros para mimetizarse en las aguas del océano y no ser detectados por los submarinos U-2 de los nazis que deseaban darles caza para cortar el suministro. Así, nuestro producto, el mugido de nuestras vacas, el pasto tierno que recibía el maravilloso sol de Uruguay y el trabajo de nuestra gente, llegaba a los recónditos lugares donde muchos no sabían si terminarían su jornada.



Soldado ruso abriendo una lata de corned beef de la marca "Fray Bentos"

Pero lo más sentido, al menos lo que a mí me causó una explosión de humanidad,  de comprensión de lo que nuestra gente al lado de la máquina haciéndolas producir, fue una breve anécdota de una de esas fraybentinas. Una mujer. Una obrera que sacrificaba sus horas del día mitad o más en la fábrica y el resto con su familia y que me contó con la mayor sinceridad que ella y sus compañeras les escribían mensajes a los soldados al dorso de las etiquetas. Aliento espiritual y comida. Más completa no podía ser esa lata de carne uruguaya.
Una muestra de lo que siento por vos, mujer, sin importar si sos abuela, madre o hija, sino simplemente un ser humano excepcional que nunca despega su pensamiento de aquellos que sufren y siempre se pasa imaginando de qué forma nos va  alentar, a ayudar y a amar.
Por eso... simplemente por eso me acordé de esa anécdota.
Muchas veces pensé y también me lo han preguntado. ¿ Y los soldados leyeron esos mensajes? Para mí eso no es significativo. Al menos no tanto como esa expresión de amor sin fronteras que tienen las mujeres que piensan siempre con el corazón y no con la vista. No precisan estar viendo o mirando para saber que alguien está necesitando de ella, de su consuelo, de su fortalecimiento, de su sonrisa y de la paz que siempre regala con una sola mirada...





sábado, 7 de marzo de 2015

La historia contada.


Cuando comencé a trabajar en el armado del libro de historia de mi ciudad, pensé que en determinado momento (1989) ya tenía absolutamente todo lo importante que estaba a disposición en la comunidad respecto al pasaje de los años en una ciudad relativamente nueva, pero rica en acontecimientos. Gran equivocación!!! Por suerte no obtuve aportes en dinero para imprimir mi libro, porque en pocos meses más iba a quedar desilusionado y rabioso si lo hubiera concretado...
En efecto, en diciembre de 1989 tuve la oportunidad de una beca para ir a estudiar idioma alemán al Goethe Institut  en Munich, con tiempo como para hacer investigaciones y buscar información sobre mi ciudad.
Alemania me sorprendió durante algunas de las semanas más trascendentes y revolucionarias de su historia moderna: se había tirado abajo la ignominiosa pared antidemocrtática llamada "el muro de Berlín". No sólo ví los cambios sociales (que comentaré en otra oportunidad), sino que pude ver a "mi Fray Bentos" desde la óptica de quienes habían comido los alimentos allí producidos y sobre todo, admirar el impacto que ello causó en la gente, modificando o aportando a cambiar no poca cosa de la historia de la Europa de la modernidad.
Regresé a Uruguay con tanta y tan revolucionara información inédita y mucha de ella desconocida, que debí recomenzar la escritura de mi "libro de historia de Fray Bentos".  
Hoy lo miro con la perspectiva de todos esos años pasados y me alegro de haber sido partícipe en esa hermosa tarea de buscar, ver y recopilar las historias de vida de Fray Bentos y haberme convertido en cierta forma en su intérprete para mi gente.
En efecto, hoy, con dos libros sobre el mismo tema, escucho los comentarios de quienes han comprado o leído el libro último y que se maravillan de una visión totalmente desconocida, con datos, detalles, personas y personajes, historias y anécdotas que parecen inventadas (aunque, evidentemente, están realmente basadas en hechos verídicos y documentados).
Y detrás de todo esto, el deseo de que cuantos más lean este libro, mejor.... no por su venta sino porque el patrimonio  Fray Bentos cobrará nuevos adeptos y entusiastas, entre (ojalá así sea!!!) se reafirmen vocaciones para investigadores nuevos, historiadores y docentes que lleven a sus aulas con entusiasmo la historia de una ciudad que puede sentirse orgullosa de todo lo que tiene para contar...

(Como autor, te pido que compartas esto, no para acumular "Me gusta" sino para hacer más y mejor conocida tu propia historia). 






HACE COMO 40 AÑOS.
Esta foto es de 1975, poco antes de noviembre, cuando entraba en culminación de la obra del Puente San Martín. Todo era expectativa, sobre todo si esa parte del puente que parecía tan "finita" lograría soportar el paso constante de los vehículos. El Ingeniero Ponce Delgado propinó con la experiencia un fuerte mentís a quienes eran agoreros y decían que se rompía... Durante 48 horas estuvieron estacionados no dos camiones cargados (como se supone es lo normal cuando se cruzan dos vehículos de porte en el centro del puente), sino decenas de camiones sumando cientos de toneladas que demostraron como estoicamente la estructura aguantó incólume.
Pero cuarenta años es un período prudencial como para preguntarnos los uruguayos a ver si el puente "sirvió" para algo. Escudándose en el Mercosur, miles de camiones mensualmente lo pasan en uno y otro sentido y parece que nadie valora que esto acorta extremadamente las distancias y hace ganar mucho a los interesados en el transporte de mercaderías. Pero a mi manera de ver, "sólo los vemos pasar" y quisiera como tanto, una respuesta sincera a ver de qué forma se logra ver un "resultado" de esta obra.
El intercambio turístico es otra cosa. La apetencia de los recursos uruguayos (tranquilidad, paz, organización, playas, etc.) ha hecho que se aumente considerablemente el ingreso de extranjeros, sobre todo argentinos, que han ido rompiendo récords todos los años.
Pero... para nosotros, los rionegrenses, propietarios del famoso y estratégico enclave donde se construyó la obra, esto se verifica en cambios importantes a 40 años de la presencia del puente?
Debo responder con opinión propia, porque otros pueden opinar diferente, pero estimo que no tenemos mucho de qué vanagloriarnos o entusiasmarnos con la actividad del puente. Cada vez menos participamos de emprendimientos que solían aprovechar el movimiento en este punto. 
Ni siquiera hablan de nosotros, como ciudad, a pesar que la gente ya lo nombra  "el puente de Fray Bentos". Menos de un 1% de turistas de los que pasan vienen a  ciudad y muchos de los que hace 40 años que pasan por allí para ir al sur y al este, confiesan que "nunca" entraron a Fray Bentos.
Quizá sí hablaron de nosotros cuando el famoso "corte" de cuatro años de aquellos que enceguecidos por otros intereses que nada tienen que ver con la defensa zona o regional del medio ambiente, mantuvieron en vilo a la sociedad toda y sembraron cizaña y odio, incomprensión y separatismo entre dos sociedades que se llamaban a sí mismas "hermanas".
Creo que es un debe muy grande para la sociedad local trabajar en revertir estas situaciones, aunque, como decía mi abuela, "para estar casados se necesitan dos"...
De cualquier manera, mirando el Puente como hecho histórico, los uruguayos (léase comunidad política) deberían sacar un provecho muchísimo mayor a un extraordinario recurso no utilizado totalmente para el progreso, la profesionalidad de la "integración" y el tan manido tema de la "hermandad" entre uruguayos y argentinos....